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Pintándote -Sur le table-

                                    





                                    


Divago en una mañana de Domingo entre calles, enfrascado en mis preocupaciones habituales, en mi pequeño mundo de personas, luces, sombras, calles  y colores habituales.


De repente te advierto charlando animadamente con el vendedor de un puesto de flores, mientras eliges aquellas que más te gustan.


El pelo oscuro, las facciones geométricas. Menuda, pero con el cuerpo muy proporcionado, y unos ojos verdes que albergan toda la profundidad del universo. Al llegar a tu altura, me he quedado de repente detenido. No he sido consciente de que llevaba unos segundos observándote incapaz de articular palabra, hasta que repentinamente, una voz que suena natural y cordial consigue hacerme regresar;


     -Perdona, ¿Nos conocemos? 

    -Ehhhhhhhh (incapaz de articular palabra)-Es que como me ha parecido que te quedabas mirándome,         estaba pensando si nos conocíamos de algo...

    -Ehhhh, disculpa, perdona lo siento mucho... (no se muy bien que decir, apenas reacciono)

    -¿Te encuentras bien? (Tu voz suena acogedora y cálida)

    -Perdona, lo siento, no se que me ha pasado... iba pensando en mis cosas y te vi, y... 


Empiezo a sospechar que es lo que me ha pasado pero no aun no tengo la lucidez o la valentía necesaria para poder decirlo. Así es el Síndrome de Stendhal: tu y las flores erais una combinación demasiado fulgurante para que no me causara una impresión demasiado intensa en mi sensible temperamento.


    -No te preocupes, hace mucho más calor de lo habitual, y a veces uno puede deshidratarse si no anda         con ojo. Por cierto, me llamo A.


    - Gracias, soy J, encantado de conocerte (con más aplomo, pero como un niño, agradecido de que des         los primeros pasos) no se muy bien que me ha pasado, te vi comprar gardenias, que son las flores que         más me gustan...


    -Te lo digo porque soy enfermera y habitualmente veo cosas como estas.

    -De acuerdo, bueno, imagino que un refresco ayudará... sí, es lo que debería hacer (por decir algo...)


    -Oye! si vas a tomar algo, si te apetece te puedo acompañar, todavía queda tiempo hasta la hora de             comer, y me he venido bastante antes para comprar unas flores para mi amiga que me ha invitado a             comer ¿Hay alguna terracita o algo que conozcas que esté bien por aquí?


    -Sí (una determinación divina pone las palabras en mi boca), al final de la avenida hay una pequeña             plaza donde hay algunos bares muy cuidados, con su librería... me gusta mucho ir y...


       -Genial! Me apunto entonces.


Con toda esa naturalidad, tu, tus gardenias y yo discurrimos hacia un pequeño bar, con sus jardineritas, sus flores y sus libros, en el que me encanta pasar tiempo.


       -Ala! Que sitio más chulo!


De la manera más natural la conversación fluye y me explicas contenta al abc de tu vida.


    -Voy ganando aplomo, y aparece esa persona que solo asoma cuando me cuando me siento cómodo...         (La geometría de nuestras existencias convergirá un poco más adelante en varios planos fundamentales,       pero de eso todavía no soy consciente)


        -Oye J. quien nos iba a decir que nos íbamos a reír tanto y eso porque tu has tenido un golpe de calor!


Te miro, a estas alturas solo te miro y te veo, se desencadena algo en mi de una intensidad que jamás había sentido, y que me desborda; solo un tiempo después podré comprender que simplemente te deseo, te deseo con todas mis fuerzas, como nunca he deseado.


Va pasando el tiempo y se te esta haciendo algo tarde...


Advierto que adviertes mi transformación. He pasado de ser una alguien que apenas podía articular palabra a convertirme en un águila, en alguien que ha sido atravesado y se reconoce en un deseo potentísimo e irreprimible de estar en contacto con tu piel, de entrar en ti.


Entendemos sin demasiadas palabras que nos habita a ambos un deseo para el que aún no tenemos nombre. Algo de nuestras singularidades ha dado en converger en esta mañana en la coordenada exacta en espacio y tiempo.


Empiezas a entender la fuerza y la potencia descomunal de mi deseo; no me miras como antes, bajas incluso la mirada...


Transcurren un par de minutos silentes en los que todo se ha dicho, sin que haga falta decir nada.


Intentamos de manera trompicada articular alguna palabras, pero nos atropellamos el uno al otro.


Observas que en el patio interior del café, que yo ya conozco, existen algunas dependencias al lado de donde están los baños, un cuartito...


Cruzamos nuestras miradas de vuelta, y se produce un rayo en nuestro interior, que nos hace comprender que más allá de lo súbito de la situación, debemos dar la oportunidad de que se realice de manera íntima esa conexión que ha surgido de algún lugar que no entendemos.


Me levanto, y me quedo de pie observándote y dando algo de tiempo; te levantas. Coinciden nuestras miradas un instante para pactar sin decirnos nada, que ambos queremos que pase...


Te cojo la mano con suavidad, y sin mirarnos, como si formara parte de una realidad irreal, atravesamos agarrados de la mano ese patio madrileño, en esa mañana de Primavera.


Abro la puerta del cuartito, donde está parte de la despensa, y te hago pasar con toda la delicadeza de la que soy capaz. Cierro, no va la luz y estamos tenuemente iluminados por la luz que entra por un hueco de ventilación.


Te sujeto de la cintura y te acomodo contra la pared: te acorralo con toda la determinación pero con todo el tacto y suavidad del que soy capaz, como si cada onza de tu ser formara parte de una joya, de una obra de arte universal -sé que voy a recorrer muchas noches tu cuerpo, tu serás mi obra, yo seré el pintor-.


Te inclinas sobre mi pecho, me agarras la cabeza con tus manos e introduces impaciente tu lengua en mi boca, buscando la mía con desespero; estamos pegados, muy pegados…


Empiezo a besarte el cuello entre algunos jadeos de tu parte, y busco con mis manos por debajo de tu blusa, hasta dar con las copas de tu sujetador, me indicas con todos tus gestos que siga, te abres a mi, me abres tu cuerpo.


Sigo subiendo la blusa y trato de liberar tus pechos, proporcionados, firmes, frescos, que trato de masajear con mis manos. 


Has empezado a mordisquear mi oreja, introduciendo tu lengua en mis oídos, lo cual aumenta aún más, si cabe, mi grado de excitación; notas mi abultada erección en contacto con tu vientre desnudo, con la blusa subida, de la mejor manera que he podido subirla, como un salvaje…


Buscando tu mirada, como para que me autorices, te cojo de los muslos para trasladarte de un violento tirón y a cuestas, encima de la mesa que tengo justo detrás mía; quedo de pie frente a ti, me enlazas con tus piernas… Ahora ya estás acariciando mi entrepierna, abres mi bragueta con suavidad y buscas mi pene, ya muy duro, y que ya empieza incluso a estar húmedo, empiezas a moverlo arriba y abajo dentro del pantalón, ahora me miras con dulzura, me quieres transmitir confianza, tú has tomado el mando.


Te cojo la mano y la sostengo con delicadeza, y voy a lo que quiero sin rodeos, sin preguntar te subo la falda negra que llevas puesta, con tanta fuerza que incluso tus glúteos se levantan un poco sobre la mesa mientras emites un grito  por la sorpresa. Quedan así tus muslos y toda la extensión de tus piernas libres


No obstante, esta era solo la primera fase, la segunda consiste en quitarte las braguitas negras de un fuerte tirón, que en un momento dado, tengo miedo de que haya lastimado.


Estás ante mi, con tu sexo desnudo, caliente, mojado… Introduzco un par de dedos en el, y te pegas y abrazas fuerte a mi mientras te masturbo, reconozco tus labios, cartografío la forma de tu clítoris…apoyas tu frente en mi pecho, no te veo la cara, mantengo ese ritmo durante unos instantes.


Levantas la mirada, me coges la cara entre las manos y vuelves a introducir muy apasionadamente, casi con violencia, tu lengua en mi boca. Sacas mis dedos de tu sexo, mientras me bajas totalmente los pantalones y liberas mi pene, mientras abres un poquito más las piernas y tratas de acomodar tu cuerpo, sentado, al mío, de pie, para que pueda penetrarte., para recibirme.


Introduzco con decisión mi pene en tu coño muy mojado, y te inunda un espasmo, embisto una y otra vez con fuerza, con mucha energía, de manera que la mesa hace un ruído seco con mi bombear sobre tu cuerpo.


Sientes como mi respiración está cada vez más agitada, y el repentino endurecimiento de mi pene, hasta lo máximo que es capaz, anuncia mi pronta eyaculación dentro de ti.


Inentas acomodar aún más tu cuerpo al mío para que haya el máximo roce, abres un poco más las piernas, te ofreces a un más a mi. Me corro con varios jadeos muy intensos, gritos ahogados en la mañana de Domingo…


En este instante cósmico, que dura unos segundos te pegas más a mi, totalmente enroscados, mientras dura este torbellino.


Me tiemblan las piernas, estoy aturullado, y me desplomo con mi cara sobre tu vientre, de manera que quedas tumbada en la mesa con las piernas colgando, y yo con mi cabeza sobre tu vientre.


Se dan unos segundos de un silencio absoluto, me acaricias el pelo, permaneciendo así durante unos segundos.


Nos incorporamos y nos vamos vistiendo, y no se que decir. Al salir del cuarto, justo antes de abrir la puerta, te giras, me abrazas y me besas en los labios  mientras me sonríes.


Aparecemos en el bar sudados y rojos, y el propietario nos mira  mientras trata de que su sonrisa cómplice no se desboque en una risa franca. Te me quedas mirando sin saber qué hacer.


    -A, creo que ya te tienes que ir…

    -Bueno, sí, pero habrá que pagar los cafés ¿No?

    -Yo los pagaré, no quiero que llegues tarde a esa comida

    -Vale, de acuerdo  (pero sin saber exactamente qué hacer)


Haces el amago de irte pero te das la vuelta y regresas: te has dejado las gardenias y decides apuntarme tu teléfono en un papel.


Me levanto para coger este papel, te sujeto por la cintura y te beso en los labios. 


Sabemos que nos volveremos a ver.








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