En este recorrido de unos 120 metros, te giras unas 10 diez veces, me miras, te giras, avanzas, vuelves la cabeza, me miras de nuevo, sonríes, vuelves a girarte, continúas... vuelves la cabeza hacia mi, te atusas el pelo para asegurarte que tienes buena presencia y me sonríes con dulzura y ternura a la vez, y con un sutilísimo punto de tristeza cuando nuestra campo visual va dejando de coincidir.
Me quedo allí un instante, tratando de comprender de alguna manera que es lo que ha pasado, tratando de procesar todo esto… Me he sentido deslumbrado, vulnerable, decidido, frágil, apasionado, invencible, angustiado, audaz… Voy a necesitar tiempo para procesar tantas emociones que se agolpan en mi alma.
Unas horas más tarde suena el teléfono, sí, ese mismo que hasta ese momento he cogido y he soltado unas 200 veces, como si fuese un objeto mágico.
-Hola
-Hola Joan…
Transcurren unos instantes en los que nadie osa romper ese silencio
-Bueno A y entonces ¿Cómo fue...?
-Estaba pensando que…
Nuestros discursos se atropellan
-Perdona A , te escucho
-Estaba pensado si te podría apetecer cenar conmigo esta noche, bueno no tiene porque ser hoy, es solo una idea, quiero decir, si no tienes otros planes claro, porque…
-¡Me encantaría A !
Arreglamos la cita rápido, me das las señas de tu casa y nos despedimos con una mezcla de timidez y cierta sensación de irrealidad.
Vivimos cada uno a su manera ese lapso de tiempo que discurre paralelo en nuestras vidas hasta la hora convenida.
Joan sigue un poco aturullado, con un montón de emociones no procesadas del todo. Con el tiempo sabrá que eran imposibles de procesar del todo, dado que su encuentro con A es de aquellos que hacen un surco en al alma, como si un trozo del firmamento se uniera con la tierra. Se va organizando para ponerse presentable. Está convencido de que esta noche quiere que algo de él quede en ella.
A. por momentos mantiene la calma, y por momentos se acelera; recetas de cocina, decoración, lencería sexy, vestido ajustado; a veces una cosa detrás de otra, a veces todo junto y volviendo a empezar todo varias veces.
Un sentimiento de vergüenza le surge al darse cuenta de que a pesar de cambiarse después de la comida y ponerse cómoda, sus braguitas han vuelto a mojarse, sin que ella haya creado un escenario mental evocando conscientemente el cuerpo de ese hombre para que tal cosa sucediera.
Se siente algo extraña, como electrificada… varias veces la electricidad estática de las objetos de su casa le ha generado un ligero cosquilleo.
Tiempo después sabrá que esa electricidad es inherente al campo electromagnético que se genera entre ella y Joan, y que por lo tanto no pertenece a ninguno de los dos individualmente, tanto como a los dos de manera conjunta.
Ya es ese momento.
Joan, con el corazón como un motor que truena, toca el timbre de la casa. Sin mucha demora, un ser angelical vestido en azul oscuro, casi negro, abre la puerta. Joan no puede describir que siente al ver esa imagen de A , tiene para sus adentros la extraña sensación de que esta noche ella sea todas las mujeres del mundo en una.
-Hola, pasa…
Se da el equívoco entre besos en las mejillas o en los labios, que hace la situación aún un poco más incómoda-
-Tienes una casa muy bonita
-Te enseño esto un poco, aquí tienes la cocina, como verás…
Joan va siguiendo las indicaciones y el recorrido de esa mujer -que esta noche parece ser todas las mujeres- y al mirarla por detrás, al ver ese vestido que realza un trasero redondo y duro, siente el súbito deseo de agarrarla por detrás, por la cintura, subirle el vestido, apoyar las manos de ella en la mesa del comedor y penetrar en ella hasta el clímax de los dos.
Se recupera de esa visión, eso sí, con una potentísima erección, y piensa que no es eso lo que quiere para ella ahora mismo; quiere conocerla, hablarle, escucharla, acariciarla, desnudarla, abrirla, sentirla, abrigarla, susurrarle y tantas otras cosas con ella; y lo quiere todo esta noche.
A. ofrece un vino que sirve para empezar a serenar un poco los ánimos. Comparten algunos preparativos previos de la cena y se sientan en el sofá de A . Todo marcha, Joan siente que le debe a esta mujer -que ha dado el enorme paso de invitarla a su casa- el hecho respetar sus códigos, sus formas, y hacer que para ella sea una velada cómoda, quiera ella lo que sea que quiera…
No se lanzará a degustar los manjares de su cuerpo a menos que ella le indique que ese también es su deseo, y también le muestre cuál es el momento adecuado para hacerlo.
La cena va discurriendo entre bromas, anécdotas, risas, silencios a veces cómplices, confidencias…
A. piensa como va hacer para conseguir atraer a sí a este hombre, que no solo la humedece cada vez que piensa en él, sino que también siente que su presencia hace vibrar algo en ella muy adentro, tanto en la niña que fue, como en la mujer que es.
Joan disfruta de la presencia de esta mujer, no le importa que no haya sexo inmediato, si a cambio sigue compartiendo el tiempo con ella, es como si quisiera eternizar ese momento.
Para el postre, Joan acerca su silla un poco más casi hasta sentir en la piel la respiración de uno y el otro.
Evidentemente aquí las palabras sobran…
Joan sujeta con sus manos el cuello de A , y pega la frente del uno a la del otro, busca su abrazo, ella se deja abrazar y se pegan el uno al otro como los dos grandes amigos que en poco tiempo empezarán a ser. Saben que están condenados, y no hay alternativa, a gozar de sus cuerpos durante esta noche, y esta pequeña antesala ha sellado el acuerdo de la pasión que van a desparramar sobre el cuerpo de cada uno.
Joan se levanta y la toma de la mano la acompaña al sofá, y con gentileza, y cariño la acomoda a su lado. Se queda observándola durante unos instantes mientras le sonríe.
-Sabes que a todo esto, A... ¿Apenas he tenido tiempo de besarte como mereces?
-Ajá…
Los ojos de A brillan como los de una niña, no hay nada que desee más en este mundo que sumirse en largos y cálidos besos con su amante.
Con mucho cuidado, ternura y delicadeza, Joan le aparta un poco el pelo de la cara y la empieza a besar con exquisito cuidado. Ese diálogo entre lenguas se mantendrá durante 20 minutos, aunque las braguitas cada vez estén más mojadas y el calzoncillo aprisione y duela, todo eso quedará en un segundo plano, y se ocuparán de ello después de esa sesión de besos que les saben a cielo.
Joan tiene claro que se dan las condiciones perfectas para una primera vez con A , aunque esa mañana sus cuerpos ya hayan vibrado en un destello de pasión, quiere hacérselo como si fuera la primera vez.
Desea que se pare el tiempo con A y hacerle al amor con ternura y tiempo, entregarse a ella, desnudarse a todos los efectos, ante ella y con ella, mimar cada centímetro de su anatomía, oler su pelo, degustar sus senos, entretenerse y cuidar el sexo de ella con ternura y calidez, mordisquear y lamer su vientre, palpar sus trasero.
En estos momentos A tiene un rostro de una serenidad total, todo es perfecto para ella, se siente atendida, mimada, llevada en volandas por este hombre, al que parece que hace mucho más tiempo que ya conoce.
A. se pregunta por ese hilo rojo que dicen que une a los amantes y a las personas que comparten tanto -como comparten ellos dos- a nivel íntimo, personal, sexual y espiritual, independientemente del tiempo que haga que se conozcan.
Joan la coge con suavidad de la mano, y la invita a levantarse, la conducirá hacia la habitación de ella.
Con el máximo cuidado del que es capaz, la acuesta en su propia cama, posándola con mucho mimo, como si se tratase de la flor más delicada o de la joya más preciada.
Mirándola con ternura, sentado junto al cuerpo yaciente de ella, se quita la camisa negra, sin perder el contacto con su ojos.
-A ...
-Joan…
No hace falta decir nada, por supuesto.
Joan empieza a desnudarla, como si A fuese un caramelo, al que con suavidad le quita el envoltorio, para disfrutar de él chupándolo mientras se deshace y va dejando su aroma en su boca, en todas sus papilas, las de salado, dulce, amargo y ácido.
A huele a ángel.
Los zapatos de medio tacón salen con facilidad, ella se tiene que incorporar un poco para poder retirarle con cuidado el vestido azul oscuro, que marca de manera tan sensual sus rasgos de mujer: unos pechos firmes y turgentes, no demasiado grandes, un trasero prieto y redondito, un vientre plano, con las señales y cicatrices que la vida ha dejado en ella, y unos muslos potentes y torneados.
La retirada de las medias anuncia su desnudez total, con las piernas un poquito abiertas, que dejan ver su sexo, que ya hace mucho que está húmedo, brillando en su humedad.
En los meses siguientes Joan vivirá con presencia constante de ese sexo de labios delicados y armónicos, que obedece a los mandatos que los dedos, la lengua o el pene de Joan van marcando. Crece, se hincha, se enrojece, se moja… según los dictados de quien durante todo ese tiempo será su inquilino, su director de orquesta.
Joan la empieza a acariciar y a besar en el cuello mientras acaricia su pecho izquierdo con una mano, Joan le sonríe y la mira, poniendo el dedo índice en su nariz. A , que empieza a extasiarse, le devuelve esa mirada cómplice con una sonrisa, suave y lo más dulce posible en este caso.
Durante la siguiente hora, Joan se entretendrà en cada uno de los recovecos de su piel, en los pliegues, en las articulaciones de su cuerpo, en las curvas…
El calor y el color de A han ido aumentando, con unos mofletes ya bastante encendidos por el rojo, y una vulva hinchada, en la que cada vez que él lame, besa o mordisquea su clítoris ella siente estar en el cielo.
Hay un pacto secreto entre los dos, como todos sus pactos, en el que ella acepta esta vez dejarse hacer, que le vaya descubriendo cada milímetro. En encuentros posteriores llevará a Joan al límite del placer que una mujer puede otorgarle a un hombre, forzando su cuerpo al máximo de la excitación sostenible. Ella es maestra.
Para esta primera vez, Joan se pone encima de ella, desnudos los dos completamente, y abre las piernas de ella para acomodar la postura, con delicadeza, introduce su pene en la vagina de A mientras ambos, se buscan con la mirada.
Empieza a penetrar con profundidad y decisión pero con sumo cuidado, como si no quisiera lastimarla de ninguna manera.
La respiración de A se va agitando, su cuerpo se contrae, se arquea, se tensa, e intenta ahogar algunos gemidos mientras Joan le tapa la boca con suavidad mientras sigue la comisura de los labios de ella con un dedo.
A va a llegar al cielo, en ese momento, Joan la aprieta con más fuerza, se aprieta contra ella y le penetra más profundamente; sus cuerpos parecen seguir una coreografía de perfecto compás.
A. ya pierde el control y su cuerpo va a empezar un festival de espasmos involuntarios. Joan capta que va empezar una sinfonía en el cuerpo de su ángel, -él es ducho en leer los cuerpos y sus pequeñas palpitaciones íntimas- y en ese momento la besa con una fuerza descomunal, introduciendo su lengua hasta el fondo de la boca de ella, que ya pierde el control: besa, gime, y suspira todo a la vez, mientras Joan llega al final del recorrido y eyacula dentro de ella, manteniendo ambas caras muy juntas y sin despegar su mirada el uno del otro ni un solo momento mientras dura ese instante.
Joan queda derrotado, tendido encima de ella, quien aún está con las piernas abiertas y con el sexo de él dentro. Le sigue abrazando, mientras ella tiene la mirada fija en el techo de su habitación. A empieza a pasear con cariño sus deditos por la espalda de Joan, como si quisiera darle aliento.
El se desencaja de ella mientras desciende con suavidad con su boca hasta el oído derecho de ella: solo dos palabra susurradas, apenas esbozadas:
-Mi cielo…
Joan la acomoda en la cama y la abraza por detrás. Él detrás de ella, tendidos en la cama, acurrucados como dos animalitos, su primer sueño juntos les permitirá recuperar fuerzas hasta que las urgencias de sus cuerpos deseantes vuelvan a ponerlos en marcha unas horas después.

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